lunes 9 de noviembre de 2009

Fragmentos holográficos


—Padeces una distorsión de ti mismo. Eres igual que un anoréxico que frente al espejo mira el gordo que no es. En tu caso, ves un derrotado —gritó Tereza entre el rugido de los autos, sobre aquella avenida en la colonia Portales.
—Prometo remediarlo: romperé cuanto espejo se me ponga enfrente —y nos abrazamos. Ahora los motores estallarían con el sol del domingo.

viernes 6 de noviembre de 2009

Catarinas en tu matriz (fragmento-2)

—¿Cuáles otras sexo servidoras conoces?
—Las que cogen sin amor y sin desear dinero.
—Evito los negocios que se pagan con placer.
—¿Entonces eres una puta?
Volviste hacia el espejo al lado del sillón. Te acariciaste el cabello y me observaste por ahí. El cabello largo caía al lado de tus mejillas, sonrojadas ligeramente, como si tuvieras frío. Abriste los ojos: dos líneas se marcaron en tu frente blanca. Pensabas qué responder. Pero corría un riachuelo tímido en tu mirada. Rodeado por el marco de la luna, tu cara era un retrato renacentista, iluminado y dulce.
—¡Achú!
—Salud. Espere un segundo, joven. ¿Puede explicarme por qué denomina así a esta joven cuentista? —advirtió Lipovetsky, equilibrándose en los talones. El joven de la hebilla posmoderna estaba detrás de él. Sus ojos resplandecían envenenados de LCD (sí LCD).
—Puto, puto, tú —balbuceó y se fue a golpes contra mi reflejo en el espejo, que resquebrajó al instante.
—Esperad, esperad, colegas —intervino Tatiano, asido de la mano de su acompañante moreno— para qué pelear si podemos hermanar.
—Así se dice. Así habla un artista —aplaudió Lipovetsky.
—Hoy debemos festejar. Amar —se sonrió con su acompañante—. Fornicar.
—Caray, caray pronto serás un Daniel Alarcón. Un éxito. Un éxito —siguió Juan.
—Me desangro. Dios, Sabines, Owen, Dios. Pronto iré con ustedes —gimió desde el suelo el chico nintendo.
Apretaste contra tu pecho a Tolstoi y en camino a la puerta, tranquila, al pasar en medio de las chicas chilenas que repentinamente se dieron un beso de piquito, jalaste tu abrigo del perchero, y saliste del departamento.
—Yo creo, Tatis, que debemos ir a festejar a la fuente de la Diana Cazadora, como en Caifanes.
—Veo un relámpago en el cielo que abre la bóveda celeste y voy ahora rumbo a la luna. Pasó aladito. En la esquina de Marte encuentro ejemplares, volúmenes de mis mejores poemas experimentales que dedico a dosquetres premios Nobel: Homero, Dante y Roberto G. Bolaño, y, flash, flash, después me entrevistan en el programa de Canal 22, ¿cómo se llama?
—Entrelíneas, wey.
—Ése. Junto con Tryno Maldonado, quien tras bambalinas me dice que su última novela es una broma… hay, hay, Dios. Dios.
—No manches, Chubi, eso parece una canción de Zoé.
—Pon una rola de ellos en el celular, dude, ya ves que ni estéreo hay aquí. Puras drogas, libros y ventanas por las que entra el anochecer, pero nada inspirador hay en este depto.
—Simón.
—¿Qué dices, Tatis? ¿Vamos?
Tatiano había desparecido. Tomé mi mochila y perfilé a la salida.
—Con permiso —le dije a Lipovetsky.
—¿A dónde va, joven? ¿Sabe quién soy yo?
—Sí.
—Conozco todo. Conozco toda la literatura mexicana de pé a pá. Desde Toscana a Fuentes. Desde Gardea a Elizondo. Desde Gerardo de la Torre hasta Ricardo Bernal. Desde Daniel Espartaco a Antonio Ramos. ¿Y sabe qué? Soy amigo de todos.
—Sí. Pero Gardea y Elizondo están muertos.
—Viven en mi ser… Tengo más amigos en el mundo literario mexicano que… que… Alberto Chimal.
—Sí. Bien.
—Oigan, estoy perdiendo, perdiendo, el aire, no, mamen.
—Espera, joven poeta, no mueras… Pero sabe qué, joven, me preocupa desconocerlo. Me preocupa porque quizá en esa mochila carga su primer libro, la primer obra maestra y…
—Se dice primera.
—Primera obra maestra… y ¡quiero verla!
—Sí. Bien —bajé el cierre de la mochila.
—Y no se rehúse. Allí, en las páginas pegostiosas de ese engargolado habitan sus deseos de trascendencia, textos que le han costado noches de desvelo, inapetencia sexual debido a las exigencias de la disciplina y caer prisionero en un trabajo que detesta, para poder sobrevivir porque de la literatura no es posible comer. ¿Me equivoco?
—… —cerré el cierre, dejándolo bien cerrado.
—Entonces ahí puede estar su paso a la inmortalidad: el premio Xavier Villaurrutia, el Rulfo, el De la Cabada, el Yáñez, el Jiménez Cacho… y yo, yo soy el salvoconducto para que acaricie la inmortalidad. ¿Conoce a Diego Trelles Paz?
—Sí.
—Tallereó conmigo El círculo de los escritores asesinos. ¿A Iván Tháis? ¿A Tatiano Pineda?
—Sí —giré la perilla de la puerta para salir. Desde ese lugar dominaba el pasillo que daba a las recámaras. Una puerta estaba abierta: sobre la cama, desnudos, en posición 69, Tatiano recargaba en el trasero de su amante un ejemplar de Cien años de soledad, editado por la Real Academia Española; mientras era succionado, leía en voz alta.
—Pues no importa si suena inverosímil, como el cuento de un joven prosista: todos tallerearon conmigo sus obras epónimas y… ¡Usted podría ser como ellos!
—Está frío. Frío. No mames, wey —dijo la chica de las botas militares al tocar el rostro de Chubi. La sangre había dejado de brotar y cubría el piso de imitación mármol. Sin darse cuenta, Lipovetsky deslizaba los zapatos sobre el charco. Tras ver este cuadro, quise imaginarme La muerte de Chatterton, en verdad lo intenté. Pero las llagas en las manos de Chubi y su pulsera echa con crackups, sólo trajeron a mi mente Muerte por Slim Fast de Daniela Edburg. Al salir, me encargué de azotar duro la puerta.

CONTINUARÁ...

miércoles 28 de octubre de 2009

Catarinas en tu matriz (fragmento)

Llevaba un ramo de gerberas que había comprado afuera del Metro. Me senté sobre la banqueta a esperar que, después de cenar con tus padres, el médico y la psicóloga, subieras a tu cuarto y, antes de encender la televisión en Planet Channel, te asomaras por la ventana y me vieras allí hecho sopa. Mojado hasta los huesos. Mis tenis rotos navegando en el riachuelo que se agolpaba en la banqueta. En la recepción del edificio situado en Julio Verne, el portero leía la Tempestad detrás del escritorio. A veces bebía su café del Seven y bostezaba.
Las flores las compré para ofrecerte disculpas por haberte llamado puta en la fiesta que Tatiano había organizado para festejar la publicación de su primer libro. Una novela ambientada en los años 80 que es, hasta hoy, el tributo más grande a la brevedad: la componía una sola frase. Un ensayo de noventa páginas sobre la evolución de la narrativa contemporánea escrito por J. Lipovetsky engrosaba el libro. No Lipovetsky el filósofo contemporáneo, sino Juan Lipovetsky, un polaco avencindado en la Ciudad de México en 1985 (llegó en un convoy de ayuda internacional después del sismo), que conoció al padre de Tatiano, y que era profesor en una universidad fronteriza (del lado norteamericano), donde aprovechaba muy bien su apellido para sorprender a los jóvenes escritores peruanos que, misteriosamente, caían en la matrícula de la Universidad, cargando bajo el brazo una novela inédita que tiempo después se pelearían encarnizadamente las editoriales en boga. La novela de Tatiano, quien no era peruano, engrosaba su lista de medallas.
El día de la fiesta, Lipovetsky te vio sentada en el sofá, leyendo Ana Karenina y fue al lado tuyo con su vaso de agua de jamaica en la mano.
—¿Es usted férvida lectora del maestro Tólstoi?
—No.
—¿Le gusta la tridimensionalidad de sus personajes?
—No.
—Bueno, lindura, dígame entonces por qué leer en una fiesta. Por qué no se divierte igual que esos jóvenes poetas que se drogan en medio de la sala y dan besos a Altazor, o conversa con el joven calvito de allá —Juan me miró— que se hurga la nariz y lleva, sin temor a equivocarme, su primer cuentario en la mochilita tirada bajo sus pies… debería divertirse…
Sin despegar el rostro del libro, pasaste una página más con el dedo índice.
—No…
—Está bien. Quizá pude haber sido yo quien la sacara de la ineditez oscura, y ni siquiera ha vuelto a mirarme… mal agradecida… Estoy seguro que usted es… es… una cuentista estupenda, sólo necesita una mano. O ¿me equivoco? ¿Conoce la revista Los Noveles?
—¡Achú!
—Salud. ¿La revista Etiqueta Negra?
—No.
—Imposible. Usted se lo pierde.
Al levantarse, Lipovetsky posó su mano sobre tu hombro y fue a jugar bibliomancia con los jóvenes poetas que ya estrujaban un libro de William Carlos Williams.
—¿Ganaré el premio Aguascalientes?
“Que la serpiente espere bajo
su yerbal” —leyó el líder de la ceremonia, un joven que lucía una hebilla de control de Nintendo.
—¿Haré mi maestría en la Pontificia Chilena? —preguntó una chica de botas militares.
—¿Esa cual es?
—Donde estudio Neruda.
—¿Sí? No, no mames, él estudió en la Católica de Valparaíso.
—Bueno, no importa. Que responda WC.
“Tal vez sus difusas y múltiples raíces y su temprana formación cosmopolita fuesen las causas de que no se sintiera atraído por el exilio voluntario en una Europa que él ya conocía” —dijo el sacerdote.
—¡Qué pedo!
—Eso tiene mucho significado. Mucho —dijo Lipovetsky.
—Perdón, estaba leyendo el ensayo introductorio.

Tomé mi mochila del suelo. Tatiano charlaba con un chico moreno que le acariciaba la barbilla. Ambos sostenían unos vasos de agua de horchata y veían de cuando en cuando hacia donde se hallaba el cuarto del anfitrión.
—¿Está ocupado este lugar? —te pregunté.
—No —respondiste con idéntica táctica disuasiva.
—¿Te gustan los hombres?
—…
—¿No? Y ¿las mujeres?
Cerraste el libro. Tu mirada vagó por el departamento. Ahora, los jóvenes poetas leían en voz alta los mensajes en sus teléfonos celular y Juan evaluaba la calidad de la prosa poética de los mismos. En la ventana colgaste el pensamiento. Una línea naranja encendía el contorno de los edificios distantes. El anochecer te sorprendió con mi pregunta absurda.
—¿Por qué no me dejas en paz?
—Al menos dime a qué te dedicas.
—Soy sexo servidora.
—¡De las que cogen por dinero!
—¿Cuáles otras sexo servidoras conoces?

CONTINUARÁ...

lunes 26 de octubre de 2009

Pendejamente relativo

Desde hace mucho, he venido observando a compañeros de trabajo y amigos. He descubierto, con asombro, que varios de ellos viven pendejeando todo el tiempo a los demás. Que si pusiste una coma donde no iba, que si prefieres el vino al vodka, que si lees a un autor o un género de literatura determinado en lugar de aquel otro, que si compras en Walmart en lugar de Soriana. Cada uno de los gustos o aficiones que puede tener una persona, incluyendo sus resbalones al redactar, la revista en la que publica o no sus textos, hasta su distinta concepción del arte, de la escritura, es motivo de pendejeo, aun a veces, con muy pocos argumentos.
Dentro de esa tendencia de agitar como bandera la ínfula intelectual, de enarbolar que nuestro cerebro pesa 20 gramos más que el común de la población, envenenamos el entorno de incongruencias, faltas de tacto, absurdos, que poco a poco, en cada carcajada de sorna, deja entrever nuestros colmillos de intolerancia.
No sé si tenga que ver con mi origen (en mi familia no hay un solo universitario y menos ningún artista o algo semejante. Mi madre estudió hasta tercero de primaria y mis tíos y abuelos apenas sabían leer y escribir), pero yo crecí en un ambiente pletórico de comprensión. No crecí al lado de libros ni de bibliotecas heredadas ni de maestrías, doctorados, universidades ni trabajos con salarios superiores al mínimo. Nada de eso. Sin embargo, cuando vives en esa inocencia, aprendes a escuchar, a adaptarte a las situaciones, incluso a apreciar la ignorancia de tu madre o abuela, cuyo misticismo con que sustituyen el silabario, te nutre la vida. Comprendes que no todos somos iguales. Y así me gusta establecer las relaciones con otros seres humanos: respetando lo que sienten, escuchando sus reclamos, pero a la vez, siendo escuchado, comprendido, sin sonrisitas estúpidas de conmiseración (“de pobre wey no sabe lo que dice, es un pendejo”). De otra forma, sin una empatía efectiva, golpeo a la gente con mi silencio y evito mirarla a los ojos. Me alejo, pues esas personas, a la larga, me hacen mucho daño. Prefiero ser un pendejo a ser un sujeto que no es congruente entre lo que piensa y hace. ¿Por qué no intercambiar en lugar de imponer? Esa es otra pregunta que siempre me hago.

miércoles 21 de octubre de 2009

Un amigo de Portland

Hoy hace seis años falleció el cantautor Elliott Smith. Originario de Nebraska, y avecindado en Portland, ciudad que viera despuntar su carrera, murió el 21 de octubre de 2003 por dos puñaladas que él mismo se infligió con un cuchillo de sierra. Tras una discusión con su novia, Jennifer Chiba, y mientas ella lloraba en el baño, escribió un post-it que decía: “I'm so sorry—love, Elliott. God forgive me”. Y después se perforó el pecho. Su muerte es extraña, porque a pesar de que durante años fue adicto a la heroína y se suministraba antidepresivos, llevaba seis meses limpio. Su deceso se enrarece aún más, porque propinarse dos puñaladas, cuando una te mata, no es fácil. Quizá Chiba, es otra Courtney Love.
Melancólico. De voz sedosa. Un lamento continuo. Guitarra en mano, Elliott conoció la fama cuando Gus Van Sant, le solicitó que participara en la banda sonora de su película Good Will Hunting. Smith grabó una versión orquestal de “Between the Bars” con el compositor Danny Elfman. Además, grabó una canción nueva llamada “Miss Misery”, con la cual fue nominado en 1998 al Oscar.
De niñez arruinada por la pronta separación de sus padres, solitario, lector de Kierkegaard, de quien tomó el nombre de uno de sus libros para titular su disco más significativo: Either/Or, crítico del grunge, alejado de todo proceso digital para hacer música, Elliott es uno de los más recientes mitos del rock.
Independiente a esta historia que encarna el rasgo trágico del arte, quiero recordar aquí a Elliott y a su música. Agradezco tantos amaneceres caminando con frío, después de las pedas, y en el Ipod sonando “Angeles” o “Wouldn´t mama be proud”. Cuántos cigarros en la ventana, antes de dormir, cantando muy alto “Speed trials”. Cuántas veces he barrido y sacudido mi casa, oyendo su guitarra triste de fondo. Incluso ya he perdido la cuenta de a cuánta gente se lo he recomendado mientras vamos en el auto. También he perdido la cuenta de las veces en que me he quedado dormido o despertado con su voz. Dice Clarice Lispector que debemos entablar relaciones afectivas con los objetos, más allá de la funcionalidad que éstos puedan tener: amar el mango labrado de una cuchara, el contorno de los lentes de tu novia, etc. Y creo que la música, una canción, un recuerdo, la superficie pulida de un disco, tiende a jugar una opción similar: propician multisensibilidad. En fin, a veces los amigos, los buenos amigos, se encuentran en distintos tiempos.

lunes 19 de octubre de 2009

Postales del pasado

Después de 4 años de no hacerlo, el viernes vi a Angélica Cuapio en Coyoacán. No fue una cita. No recordamos el pasado (por si las dudas, llevaba en la mochila el relato que le escribí hace tiempo, y que publiqué en este blog alguna vez, para poner pruebas sobre la mesa de sentimientos amermelados). Platicamos sobre su estancia en Hamburgo. Del anarquismo que pulula por sus calles, y cuyas clases se imparten al aire libre. De la influenza A. Bebimos cerveza de barril al lado de sus otras colegas, ahora doctoras internistas. Charlé con su novio Félix sobre la pronunciación idónea de Goethe (¡imposible para mí!). Brindamos con Jagermeister en las bancas frente al Hijo del Cuervo.
Me dio gusto saber de ella. Que está bien y que su profesión la hace viajar mucho. Evidentemente 4 años no es poco. Ella me encontró más gordo y calvo, con lentes (caray, ahora que lo enumero así, me parece que he entrado en la decadencia total) pero más encantador (según dijo en algún momento de la velada). Por mi parte la vi igual de bonita, pero hay algo que se cayó del altar de San Martín de Porres, donde la había situado. Quizá me he vuelto más pedestre y ya no me gustan las chicas refinadas. Quizá viceversa. Quizá es tan inalcanzable que, como cuando no puedes comprar ese costoso par de esquís, mejor cambias tus planes y te vas al trópico a vacacionar. No sé. No fue decepción. Ni celos, porque anda con su güerote alemán. Ocurrió que cuando la conocí era un idealista. Un tipo aferrado. Y hoy, dejo que las ancianitas en el super se metan a la fila y ni chisto, para evitar conflictos. Hoy permito que la gente se equivoque, y la perdono. Me perdono. Hoy, soy un químicamente deprimido como indican los resultados de los análisis que me entregaron la semana pasada, y eso me vuelve pasivo. Lentón. Quizá fue eso. Nos volvimos a despedir, esta ocasión a las 6 de la mañana. Me dio un aventón al Metro Centro Médico. Cerró la puerta del auto. Avanzó rápido. Debajo de las llantas no había nada: ni esperanza ni extrañeza (como sucede en mi relato), sólo un reloj de arena estrellado.

La foto que aquí muestro es del museo Guggenheim de Bilbao. La instalación es del chino Cai Guo-Qiang y se llama "Quiero creer". El tema de la pieza está enfocado al Muro de Berlín. Todo es cortesía de Angélica, quien cariñosamente me obsequió una impresión original.

jueves 15 de octubre de 2009

Caminata al interior de una botella de vino

Poesía
He descubierto la poesía. Igual que descubres los guiños, la respiración, la manera como te aprieta la mano o rasguña la espalda una mujer cuando haces el amor. Igual que la textura del paladar cuando lo acaricias con la lengua, en un beso. Me siento alegre de haber encontrado un nuevo camino para la expresión. Su música. El perfume de los versos. Mi espalda chinita. La garganta que timbra delicioso al pronunciar las palabras en lo alto. En semanas recientes, tras llegar del trabajo, me he sorprendido leyendo altísono, yendo descalzo de aquí para allá en el departamento. El paseo del olvido que llega hasta la cocina y después me trae de vuelta a la recámara, donde nace el pasado. Mi voz, incienso.

Exilio
Después de tener una plática con una buena amiga, he estado pensando en salir del país, por algún tiempo. Ayer revisé las oportunidades de beca en la SRE, y encontré una que me interesó para hacer una maestría en Chile. Bajé la solicitud y veo que tiene 7 anexos. La tramitología se interpone. Detesto llenar formatos. Ir de ventanilla en ventanilla. Pero no hay otra manera de salir legal y gratis del país.

Amigous
El martes estuve en casa de Mauricio Bares. Presentó su libro La vida es una telenovela en la Feria del libro del zócalo. Daniel Espartaco se encargó de hacer una amena introducción de este compendio de cuentos. Al terminar, nos fuimos a La Nueva Santa María la Rivera donde vive Mauricio con su esposa. Es un lugar amplio, con sillones de formas vanguardistas, mesas, recovecos acogedores, duela en el piso, ventanas por las que asomaban la noche nublada, ceniceros gigantes como escudos de cristal, simulado pelaje animal en los cojines. Bebimos cerveza, botaneamos pan árabe con atún, algunos rollitos de jamón y queso. Me reí mucho. También le cayó la gente de editorial Atemporia (de Saltillo), un buen sujeto que trabaja en Tierra Adentro y una pareja, amigos de Bares. A pesar de lo que podría creerse, no hablamos de literatura. Predominó el tema del narcotráfico, el futbol, los Saraperos de Saltillo, y la condición del deportista mexicano; chispazos de diálogos de películas italianas y una bebida preparada con vino Rossi, Tucán de jamaica, agua de pepino, hielo y agua quina. Muy bueno, ¡además!

Despertar
Al llegar a casa, esa noche soñé que platicaba con unos amigos al lado de la fogata. Estábamos en el garaje de una casa que se ubicaba en alguna colonia popular. Yo inflaba pelotas de plástico. Todos me decían que no iba a poder dejarlas firmes. Pero no fue así. Tomé una azul y salí de la casa. La sensación era de ir a hacer un regalo. Pasé al lado de dos chicos que tocaban la guitarra, sentados en los escalones de una puerta. Cantaban “Amárrate una escoba y vuela lejos”… Me despertó el mensaje de celular que llegó a las 8 de la mañana. Un grato despertar porque decía: Hola, buenos días! Como van los primeros minutos de tu día? Los mios, ya bañaditos y teñidos, a ultimas fechas, de un olorcito a ti. ¡Maravilloso!