
Llevaba un ramo de gerberas que había comprado afuera del Metro. Me senté sobre la banqueta a esperar que, después de cenar con tus padres, el médico y la psicóloga, subieras a tu cuarto y, antes de encender la televisión en Planet Channel, te asomaras por la ventana y me vieras allí hecho sopa. Mojado hasta los huesos. Mis tenis rotos navegando en el riachuelo que se agolpaba en la banqueta. En la recepción del edificio situado en Julio Verne, el portero leía la Tempestad detrás del escritorio. A veces bebía su café del Seven y bostezaba.
Las flores las compré para ofrecerte disculpas por haberte llamado puta en la fiesta que Tatiano había organizado para festejar la publicación de su primer libro. Una novela ambientada en los años 80 que es, hasta hoy, el tributo más grande a la brevedad: la componía una sola frase. Un ensayo de noventa páginas sobre la evolución de la narrativa contemporánea escrito por J. Lipovetsky engrosaba el libro. No Lipovetsky el filósofo contemporáneo, sino Juan Lipovetsky, un polaco avencindado en la Ciudad de México en 1985 (llegó en un convoy de ayuda internacional después del sismo), que conoció al padre de Tatiano, y que era profesor en una universidad fronteriza (del lado norteamericano), donde aprovechaba muy bien su apellido para sorprender a los jóvenes escritores peruanos que, misteriosamente, caían en la matrícula de la Universidad, cargando bajo el brazo una novela inédita que tiempo después se pelearían encarnizadamente las editoriales en boga. La novela de Tatiano, quien no era peruano, engrosaba su lista de medallas.
El día de la fiesta, Lipovetsky te vio sentada en el sofá, leyendo Ana Karenina y fue al lado tuyo con su vaso de agua de jamaica en la mano.
—¿Es usted férvida lectora del maestro Tólstoi?
—No.
—¿Le gusta la tridimensionalidad de sus personajes?
—No.
—Bueno, lindura, dígame entonces por qué leer en una fiesta. Por qué no se divierte igual que esos jóvenes poetas que se drogan en medio de la sala y dan besos a Altazor, o conversa con el joven calvito de allá —Juan me miró— que se hurga la nariz y lleva, sin temor a equivocarme, su primer cuentario en la mochilita tirada bajo sus pies… debería divertirse…
Sin despegar el rostro del libro, pasaste una página más con el dedo índice.
—No…
—Está bien. Quizá pude haber sido yo quien la sacara de la ineditez oscura, y ni siquiera ha vuelto a mirarme… mal agradecida… Estoy seguro que usted es… es… una cuentista estupenda, sólo necesita una mano. O ¿me equivoco? ¿Conoce la revista Los Noveles?
—¡Achú!
—Salud. ¿La revista Etiqueta Negra?
—No.
—Imposible. Usted se lo pierde.
Al levantarse, Lipovetsky posó su mano sobre tu hombro y fue a jugar bibliomancia con los jóvenes poetas que ya estrujaban un libro de William Carlos Williams.
—¿Ganaré el premio Aguascalientes?
“Que la serpiente espere bajo
su yerbal” —leyó el líder de la ceremonia, un joven que lucía una hebilla de control de Nintendo.
—¿Haré mi maestría en la Pontificia Chilena? —preguntó una chica de botas militares.
—¿Esa cual es?
—Donde estudio Neruda.
—¿Sí? No, no mames, él estudió en la Católica de Valparaíso.
—Bueno, no importa. Que responda WC.
“Tal vez sus difusas y múltiples raíces y su temprana formación cosmopolita fuesen las causas de que no se sintiera atraído por el exilio voluntario en una Europa que él ya conocía” —dijo el sacerdote.
—¡Qué pedo!
—Eso tiene mucho significado. Mucho —dijo Lipovetsky.
—Perdón, estaba leyendo el ensayo introductorio.
Tomé mi mochila del suelo. Tatiano charlaba con un chico moreno que le acariciaba la barbilla. Ambos sostenían unos vasos de agua de horchata y veían de cuando en cuando hacia donde se hallaba el cuarto del anfitrión.
—¿Está ocupado este lugar? —te pregunté.
—No —respondiste con idéntica táctica disuasiva.
—¿Te gustan los hombres?
—…
—¿No? Y ¿las mujeres?
Cerraste el libro. Tu mirada vagó por el departamento. Ahora, los jóvenes poetas leían en voz alta los mensajes en sus teléfonos celular y Juan evaluaba la calidad de la prosa poética de los mismos. En la ventana colgaste el pensamiento. Una línea naranja encendía el contorno de los edificios distantes. El anochecer te sorprendió con mi pregunta absurda.
—¿Por qué no me dejas en paz?
—Al menos dime a qué te dedicas.
—Soy sexo servidora.
—¡De las que cogen por dinero!
—¿Cuáles otras sexo servidoras conoces?
CONTINUARÁ...